DE LOS TIEMPOS INSTITUYENTES DE LA SUBJETIVIDAD. Liliana Cohen.

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Los tiempos de la infancia implican el pasaje desde una posición en la que el niño se encuentra sujetado en tanto objeto de y para el deseo del Otro materno, hacia otra posición que implicará la posibilidad de asumir una palabra propia.

Tarea que supone hacer lugar a la función paterna, lo que desde la perspectiva del sujeto infantil implica el atravesamiento de la crisis edípica articulada necesariamente al complejo de castración.

Del estadio del espejo al complejo de Edipo, se trata de que el niño pase del predominio imaginario del falo a la asunción del falo como significante, instrumento del orden simbólico que rige la ley de los intercambios, y que, sólo en tanto para el sujeto tome su pleno valor de significante, le permitirá ubicarse en la cadena de las generaciones, reconocerse en un linaje y una filiación, así como también le permitirá la asunción de su imagen corporal.

Los tiempos de la infancia son los tiempos en que se dialectiza este pasaje donde de lo que se trata es de la simbolización de lo imaginario para arribar al punto en que, sólo gracias a la intervención de la función fálica se producirá el anclaje necesario por el cual el significante se articula al cuerpo, produciéndose el recorte del objeto, como objeto pulsional.

El niño está construyendo su neurosis, tiempo de la constitución del Otro (desde el punto de vista del sujeto), tiempo de la represión, tiempo donde el sujeto será lo que un significante representa para otro.

Ahora bien, en los tiempos instituyentes de la subjetividad, de qué se tratará en un análisis?

En primer lugar, podríamos decir, que en general son los padres los que consultan por “su” niño. Acuden en el punto donde su propia constelación edípica se encuentra implicada.

El síntoma, la inhibición o la angustia del niño, los confronta con una dificultad para seguir sosteniendo la función parental que en ellos se encarna.

Es así que un mensaje del niño destinado al lugar del Otro no puede constituirse, escucharse, poniendo en evidencia un obstáculo en la construcción del nudo de la subjetividad.

Lacan nos recordará que un niño está hecho para que el nudo se haga bien.

A los padres de Hans no les gustaba que éste les planteara enigmas.

“No nos resulta agradable que desde ahora nos empiece a plantear enigmas”.

El niño comienza a articular sus preguntas por motivos narcisistas.

La puesta en cuestión de la posición de falo imaginario, esto es, la unidad narcisismo-madre fálica, pone en movimiento el trabajo del aparato psíquico.

En Hans, las primeras erecciones, eficacia anticipada del Nombre del Padre, conmueven el goce del Otro y abren a la dimensión del goce fálico. Hasta allí, el niño contaba siendo el objeto para el goce y el deseo del Otro materno.

Se anuncia de esta manera una instancia de corte, y la angustia sobreviene en el punto en que este puede no producirse, esto es que Hans quede “solidario” “enganchado” al lugar maternal, esto es, que el paso hacia el propio deseo pueda no franquearse.

Es por eso que aparece el “Pferd” significante en lo real que viene a cumplir una función de soporte y apoyo de la falta.

El significante fóbico comporta así un valor de solución de compromiso para el franqueamiento de la crisis edípica en el sentido de que el partir del goce incestuoso se haga posible.

Se trata de un recurso simbólico jugado en la escena de lo real.

Ahora bien, el padre de Hans, desde una posición de “enganchado” a lo materno, no puede producir la “herida” que su hijo le reclama?

Y a la vez, la madre de Hans está dispuesta a perderlo como objeto que colma su falta y sostiene su goce?

Por ello Freud nos advertía que el análisis con un niño pone en juego también “algún influjo analítico con los padres”.

Un analista en los tiempos instituyentes de la subjetividad no entrará en juego como representante ni de la realidad, ni de los adultos significativos para un niño.

Sólo se tratará de saber-hacer-ahí, saber-estar-ahí, como partenaire del juego de un niño, sin ofrecer alguna consistencia de ser.

Un niño en análisis, también dice “necedades”, pero éstas circulan por vías específicas al tiempo de la estructura estructurándose. Es por la vía del juego y el dibujo, junto a la de la palabra, que un análisis avanzará hacia su fin.

En los tiempos de la infancia, la dirección del trabajo de análisis, es hacia la construcción de la falta y del objeto.

Freud decía:”con el juego un niño pasa de pasivo a activo”, esto es pasa del lugar de objeto del goce y el deseo del Otro a sujeto de su propio juego.

El juego hace lugar a lo nuevo, y a la vez interpone con esto una barrera, una frontera al goce de la madre.

Jugar en análisis produce eficacias, imaginariza lo real y construye una red de significante, un saber en la medida que un niño se va apropiando de los significantes que lo marcaron.

Se abre la dimensión de la ficción, la del equívoco y la cuestión de la verosimilitud.

De “Subversión del sujeto” extraigo el siguiente recorte: Es la metáfora en cuanto que en ella se constituye la atribución primera, la que promulga el perro hace miau, el gato hace guau, con lo cual el niño desconectando a la cosa de su grito eleva el signo a la función del significante, y por medio del desprecio de la verosimilitud, abre a la diversidad de las objetivaciones por verificarse de la misma cosa”

Clivaje, entonces, del disfraz y la cosa?

Ahora bien, decíamos anteriormente, un analista juega en la transferencia. Pero se abstiene de gozar allí, es la misma ética la que subtiende un análisis más allá de los tiempos de la estructura produciéndose.

Un analista tiene el lugar de un análisis, en el sentido de sostener una escena, pero lo hace desde el deseo del analista, desde el des-ser. Por tanto, la formación del analista es el recurso indispensable para ocupar el lugar pertinente a la dirección de la cura.

Para concluir, me gustaría decir, que el análisis de un niño no es ni pedagógico ni preventivo.

Concierne al trabajo para que el niño no se constituya en objeto condensador del goce del Otro materno, que pueda así salir del pequeño circuito materno, reconocerse con su dignidad de sujeto y “abrir la puerta para ir a jugar”.

Liliana Cohen. Escuela Freudiana de Buenos Aires.